El traductor de Salvador Benesdra: Las ideologías están muertas

 

Salvador Benesdra en su novela El traductor hace lo más detestable que un escritor puede hacer: la literatura de monserga o cuando el autor presume su acervo intelectual para darnos un sermón lleno de sus propias ideas a través de su narrador, sin importarle que podamos ver la cabeza del titiritero asomando por arriba del teatro de juguete, los lentes que caen en el diminuto escenario y la mano que los recoge y desaparece luego tras la marioneta que teje con puntadas de elocuencia más cercana al ensayo que a la narrativa la trama de una novela generalmente espantosa, pero que en este caso es extraordinaria, magnífica, quizá la última gran novela en lengua española del siglo XX.

La clave está en la elección del narrador. Ricardo Zevi es un hombre de 39 años, judío, un diletante con conciencia histórica que creció durante la guerra fría y que es incapaz de comprender la vida de otra manera que no sea alejándose de sí mismo para verse y ubicarse en ese engranaje platónico que para él es el mundo. Es decir, todo son ideas abstractas para él. Este narrador le permite a Benesdra enfilar sus baterías retóricas a la conquista de todas sus obsesiones intelectuales, sus inquietudes políticas, sus miedos secretos y sus pasiones más perversas. Es la ambición de la novela total. La novela en la que el autor pretende sintetizar toda la condición humana pasándola por el tamiz de su experiencia particular, vertiendo luego el resultado en un artefacto literario generalmente extenso y complejo.

Es verdad que una novela de estas características puede abrumarnos si no tenemos la dote de cultura necesaria para entender las referencias, pero Benesdra equilibra las dificultades referenciales con una prosa clara y un tratamiento lineal del tiempo que nos permite seguir fácilmente la historia. No es un laberinto; es un camino familiar y bien iluminado.


Salvador Benesdra


El traductor empieza en 1989 y se extiende hasta 1993, lapso narrado desde algún punto de 1994. En consecuencia, el conflicto no puede ser otro que la caída del muro de Berlín y el inminente colapso de la Unión Soviética. En un mundo arbitrariamente percibido como un artefacto impulsado por dos abstracciones, el capitalismo y el comunismo, la caída del muro de Berlín es, para alguien como Ricardo Zevi, el sonido de las trompetas del apocalipsis. Y como Zevi tiene una profunda formación de izquierda, su relato termina siendo una elegía marxista que narra las consecuencias nefastas que acarreó la derrota del comunismo en el planeta entero, más concretamente en la Argentina, más concretísimamente en una editorial de izquierdas, Turba, en la que Ricardo Zevi trabaja como traductor gracias a su dominio de varias lenguas y a su vasta cultura.


Berlín, 9 de noviembre de 1989

Cuando cayó la Unión Soviética se temía que el capitalismo fuera a pasarle por encima a todos los logros de las ideas progresistas; que sin la Meca de los obreros todos los derechos laborales se iban a caer. Un mundo sin la Unión Soviética, alegaban en aquella época como insisten hoy, es un mundo sin ideología, un mundo condenado a las injusticias sociales. Por eso la novela empieza con esa sentencia:

Me dije que tal vez era cierto después de todo que las ideologías están muertas.

Es una idea que la fe marxista elevó a axioma para que los devotos pudieran llorar sin pudor alguno la caída del muro de Berlín. Las verdades ideológicas son verdades religiosas y de nada vale discutirlas con los infieles; la realidad, después de todo, nunca nos importó demasiado cuando la ficción es más sólida. Por todo esto Benesdra entendió que sus ideas encontrarían un destino más fecundo y honesto en una novela que en un ensayo.

El reto del autor en este punto es lograr que el contenido ideológico no degrade los valores estéticos de la novela. Se trata de no caer en el vacío de un panfleto sin claudicar en las convicciones ideológicas. Benesdra encontró el camino convirtiendo esas convicciones en el calor que mueve las leyes termodinámicas de la novela. De la misma manera que Kafka usaba la lógica de la burocracia para regir sus universos, Benesdra usó los axiomas marxistas de la posguerra fría para regir el suyo. La caída de la Unión Soviética, en consecuencia, provoca un desbalance en el universo novelado, el cáncer neoliberal empieza a devorar todo, las ideologías mueren, la civilización se jerarquiza, y todos están condenados a perecer en el pecado mortal del individualismo. Es cuestión de tiempo y Ricardo Zevi lo sabe, es el profeta que narra la caída moral del mundo. Así, la editorial Turba, desde siempre progresista, gradualmente se corrompe hasta dejar a sus empleados en el desamparo; el mismo Ricardo Zevi, a pesar de su intelecto y cultura, a pesar de sus buenas intenciones, de su pulsión por la justicia social, se vuelve un sádico que se precipita a la locura de la megalomanía que ejerce sobre la única persona en quien tiene una ascendencia superlativa: su novia Romina, a la que tortura y luego obliga a prostituirse. Ella, una ferviente cristiana adventista, deja de ser quien es para ser otra cosa, un ente que capitaliza su propio cuerpo, a costa de su propia fe. Romina, por supuesto, tampoco ha escapado al influjo del desbalance que provocó la caída de la Unión Soviética. Si las ideologías mueren, el cristianismo tiene su lugar en el mausoleo.


La Unión Soviética se terminó de disolver en 1991


Noten que toda posibilidad de que la novela terminara siendo un panfleto se disipa con la corrupción del narrador. En efecto, al someter a Ricardo Zevi a las leyes físicas de la novela, Benesdra hace que el personaje deje de ser una marioneta y pase a cobrar vida ante nuestros sentidos, lo vemos moverse, lo oímos respirar, percibimos su perfume barato cubriendo el sudor, podemos tocar sus manos frías y húmedas. Sentimos repulsión por sus actos y eso le da dimensiones morales y éticas. Nos repele y al tiempo nos fascina gracias a la suave textura intelectual y poética de la prosa. Es como el Humbert-Humbert de Lolita, imposible simpatizar con él, imposible quererlo, y sin embargo agradecemos el instrumento de su voz para que la poesía resuene en imágenes dentro de la cámara de nuestra cabeza. El milagro, por supuesto, lo hace el estilo y el estilo, en su acepción más espiritual, es la forma particular que miramos el mundo y que un artista tiene el don de comunicar con la materia que manipula, en este caso la palabra escrita. La palabra es la unidad de la que está hecha la existencia del universo que contiene un libro, y su solidez y verosimilitud dependen de la persuasión que tenga el lenguaje personalísimo del autor.

Salvador Benesdra


Una particularidad del estilo de Benesdra, por cierto, es su capacidad enorme para adjetivar. Si entendemos que a James Joyce hay que liberarlo del plano de las comparaciones, no recuerdo haber leído un escritor que adjetive tan bien como Benesdra. Pero entendámonos: adjetivar bien no es saquear el diccionario en busca de cultismos para embellecer con bisutería el cuello terso de un vocablo, no; se trata de encontrar una partícula que ponga sobre el sustantivo una luz que permita ver todo el cuerpo del vocablo y podamos extraer la riqueza de sus acepciones. El adjetivo, además, debe pasar inadvertido, pues su propósito no es lucirse, sino enriquecer al sustantivo; debe salir del patrimonio cotidiano o a lo mucho infrecuente en una plaza de mercado. Cuando Borges en El Aleph dice “La candente mañana en que Beatriz Viterbo murió…” no está diciendo nada poético sobre la mañana porque candente no significa nada más allá que una variación poco común de calurosa y en literatura es preferible ver ese calor en la reverberación del sol sobre un parabrisas, en el sudor de un trabajador, en el abanico acelerado de una mujer, y no en un adjetivo pretencioso.

Veamos cómo lo hacía Benesdra:

Persistían la misma firmeza de ama plenipotenciaria, en las asperezas del día y en las ternuras de la noche, la misma obediencia obnubilada de un esclavo fanáticamente más enamorado que alegre y la misma dedicación mutua cada vez más intensa. Pero justamente todo eso hacía resaltar aun más las carencias, la falta de progreso decisivo, el efecto corrosivo de la rutina sobre los gestos y las convicciones.

Notable esta prosa, la solvencia intelectual, la capacidad retórica para generar el efecto deseado, el ritmo que permiten los vocablos elegidos y el sentido lógico de las frases. Y en esto los adjetivos cumplen una función devastadora. Noten cómo el efecto corrosivo de la rutina sobre los gestos y las convicciones llega hasta nuestra propia experiencia con las rutinas; y entonces el significado explota en nuestro interior, iluminándonos. Estamos hablando de lucidez. La calidad de la prosa se mide con grados de lucidez y esta no es otra cosa que poner luces sobre lo que pretende comunicar el lenguaje. En la prosa de mayor calidad las palabras funcionan como las bombillas de los postes que iluminan el camino sin importar el peso oscuro de la noche. Es una cuestión de estructura lograrlo, por supuesto, pero la estructura no es solo hacer uso plástico de la sintaxis sino también saber elegir las palabras, y los que saben elegir se desdicen del consejo bienintencionado de los manuales de redacción y no prescinden del adjetivo. Para un artista de la palabra un adjetivo es otro recurso valioso de su naturaleza retórica; y si además de esta naturaleza ―que no es otra cosa que saber echar el cuento― se posee un acervo intelectual como el de este hombre la cosa es solo sentarse frente a la máquina y escribir y escribir, siempre pendiente de que las goteras de los afanes diarios no den sobre en la hoja en blanco. Una vez está escrita la literatura, la muerte no es tragedia para su autor.


El traductor, primera edición

En 1996, a la edad de cuarenta y tres años, Salvador Benesdra se quitó la vida lanzándose para siempre de un décimo piso.  Para entonces el manuscrito de El traductor reposaba sin esperanza en la repisa de un editor. Pero como un suicidio siempre es un buen marketing, la novela fue publicada en 1998 y desde entonces, con dos ediciones más, se abre camino al Parnaso sobre los hombros de sus devotos lectores. No puedo imaginar un destino más consecuente para esta novela.

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