Colette sobre Marcel Proust
Él era un hombre joven
en la misma época en que yo era una mujer joven, pero no fue en ese tiempo en
que pude conocerlo bien. Encontraba a Marcel Proust los miércoles, en casa de
Madame de Caillavet y me gustaban poco su gran educación, la atención excesiva
que dispensaba a sus interlocutores, una atención que marcaba demasiado, entre
ella y él, la diferencia de edad. Ya que parecía singularmente joven, más joven
que todos los hombres, más joven que todas las mujeres jóvenes. Con grandes
ojeras oscuras y melancólicas, una tez ora ruborosa ora pálida, los ojos
ansiosos, la boca, cuando callaba, apretada y hermética como para un beso…
Trajes de ceremonia y una mecha de cabellos desordenados.
Durante muchos años dejé de verlo. Decían que
ya estaba muy enfermo. Y entonces, un día, Louis de Robert me dio Por
el camino de Swann… ¡Qué logro! El dédalo de la infancia, de la
adolescencia reabierta, explicado, claro y vertiginoso… Todo lo que uno hubiera
querido escribir, todo lo que uno no se atrevió a escribir ni supo escribir, el
reflejo del universo a la orilla del mar, perturbado por su propia abundancia…
Que Louis de Robert sepa hoy en día por qué no le di las gracias: lo olvidé,
solo le escribí a Proust.
Intercambiamos cartas, pero apenas volví a
verlo dos o tres veces durante los diez últimos años de su vida. La última vez,
todo en él anunciaba, como una especie de prisa o ebriedad, el fin. Hacia la
medianoche en el hall del Ritz, desierto a esa hora, él recibía a cuatro o
cinco amigos. Una pelliza de nutria, abierta, dejaba ver su frac y su ropa
interior, su corbata de batista anudada a medias. No dejaba de hablar fuerte,
de mostrarse alegre. Conservaba sobre la cabeza —a causa del frío, por lo que
pedía excusas— su chistera puesta hacia atrás, y la mecha de cabellos en
abanico cubría sus cejas. En suma, un uniforme de gala cotidiano, pero
desarreglado, como si un viento furioso le hubiera inclinado el sombrero,
arrugándole la ropa interior y los lazos de la corbata, llenando de ceniza
negra los surcos de su cara, las cavidades de las órbitas y la boca temblorosa,
y hubiera arrojado a ese joven de cincuenta años a la muerte.
Tomado de Historia
universal de la literatura, artículo de Carlos Pujol.


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